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Organice su manuscrito. Escriba cada capítulo.
Partes, capítulos, páginas preliminares y finales — todo su libro en un solo panel. Arrastre un capítulo entre partes. Reordene escenas con un gesto. Su estructura se adapta a su historia, no al revés.
Sin paso de compilación. Sin segunda herramienta. Cuando esté listo para maquetar, ya está ahí.
¿Ya tiene un manuscrito? Tráigalo consigo.
Importe un DOCX de Word, Scrivener o Google Docs. Sus capítulos, encabezados y cursivas se conservan — retome exactamente donde lo dejó.
Su manuscrito ya está aquí.
Sin exportar a otra aplicación. Sin importar y corregir formatos rotos. Estaba escribiendo — ahora seleccione un estilo y vea cómo sus capítulos se transforman en un libro compuesto. Capitulares, encabezados de página, separadores de escena, numeración de páginas. Vea cada detalle en una página en vivo antes de exportar un solo archivo.
Diseño editorial profesional que antes requería un Mac y dos aplicaciones.
Elija su formato de recorte. Cambric hace el resto.
Márgenes, numeración de páginas, encabezados de página, control de viudas, equilibrio de pliegos — todo se configura solo. Un resultado profesional, cada vez que genere.
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—Vas a tener que abrirla tarde o temprano —dijo Marcos desde la puerta. Ya estaba vestido para el trabajo, llaves en mano, como cada mañana a las siete.
Isabel no levantó la vista. El matasellos decía Albarracín, y solo eso bastaba para que le temblaran las manos. Once años de silencio, y ahora esto — papel crema grueso sobre su mesa de cocina, esperando con la paciencia de algo que ya había decidido cómo terminaría.
—No se va a ir a ninguna parte —dijo ella.
—Eso es justamente lo que me preocupa.
La puerta se cerró tras él. Escuchó el motor arrancar, el crujido de la grava, el silencio que volvía a posarse sobre la casa como el polvo sobre una habitación donde nadie entra.
Se sirvió café y se sentó frente a ella, como hacía siempre. Sin tocarla. Sin abrirla. Simplemente sentada con el hecho, como uno se sienta con una noticia que ya conoce pero aún no ha confirmado.
Era de su hermana. Tenía que serlo. Nadie más escribía así — los trazos descendentes afilados, los bucles que nunca se cerraban del todo, como si cada letra intentara marcharse antes de terminar.
El sobre llevaba tres días en la mesa de la cocina. Isabel lo veía cada mañana al bajar — el papel crema grueso, la letra que no había visto en once años.
Se sirvió café y se sentó frente a él. El matasellos decía Albarracín. Podía imaginarse la oficina de correos — los casilleros de latón, la mujer detrás del mostrador que siempre olía a lavanda y desaprobación.
Marcos lo había notado el lunes. “¿Qué es eso?”, había preguntado, y ella había dicho “Nada”, lo cual era cierto en todo lo que importaba y falso en todo lo que no.
Para el miércoles ya había memorizado la letra a través del sobre. Sabía que eran dos páginas, quizás tres. Sabía que su hermana había apretado lo suficiente para dejar una marca en el reverso, como hacía siempre que escribía algo que de verdad quería decir.
El sobre llevaba tres días en la mesa de la cocina. Isabel lo veía cada mañana al bajar — el papel crema grueso, la letra que no había visto en once años.
Se sirvió café y se sentó frente a él, como hacía siempre. Sin tocarlo. Sin abrirlo. Simplemente sentada con el hecho, como uno se sienta con una noticia que ya conoce pero aún no ha confirmado.
El matasellos decía Albarracín, y solo eso bastaba para que le temblaran las manos. Podía imaginarse la oficina de correos — los casilleros de latón, la mujer detrás del mostrador que siempre olía a lavanda y desaprobación.
—Vas a tener que abrirla tarde o temprano —dijo Marcos desde la puerta. Ya estaba vestido para el trabajo, llaves en mano, como cada mañana a las siete.
—No se va a ir a ninguna parte —dijo ella.
—Eso es justamente lo que me preocupa.
La puerta se cerró tras él. Escuchó el motor arrancar, el crujido de la grava, el silencio que volvía a posarse sobre la casa como el polvo sobre una habitación donde nadie entra.
El sobre llevaba tres días en la mesa de la cocina. Isabel lo veía cada mañana al bajar.
Se sirvió café y se sentó frente a él, como hacía siempre. El matasellos decía Albarracín.
—Vas a tener que abrirla tarde o temprano —dijo Marcos desde la puerta.
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